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Descarrilamiento en Torremontalvo

A medio día el sol cae sobre el escaso cauce del Najerilla el 27 de junio de 1903 y recalienta los raíles del tren que pasa por encima de este río a la altura de Torremontalbo. Mientras tanto el tren de la Compañía de los Ferrocarriles del Norte se va acercando desde Bilbao camino de Zaragoza. El convoy está formado por dos locomotoras, siete vagones y diez coches de pasajeros. _MG_0375

El maquinista echa más carbón y toma velocidad porque en San Asensio se ha rezagado y lleva un retraso de 18 minutos. Por fin se acerca al Najerilla a toda máquina y con el carbón al rojo vivo. Entran en el puente Puente Montalvo y hacia la mitad el convoy da un zurriagazo: el tercer coche se ha caído hacia la derecha y anda recostado sobre la vaya del puente. El maquinista decide tomar más velocidad para salir cuanto antes del despeñadero en el que se ha convertido el puente, sin embargo el acelerón hace desprenderse la primera locomotora de la segunda y el coche que va recostado cae; los siguientes van tras él en un efecto dominó. El estruendo retumba en el valle y llega hasta la cercana villa de Cenicero. En un momento el Najerilla se convierte en un amasijo de vías, vagones y viajeros

Los 43 pasajeros muertos y un guardia civil que falleció extenuado por el intenso trabajo de rescate, además de 80 heridos, convirtieron a éste en el mayor accidente ferroviario sucedido en España hasta entonces.

La tragedia cubrió las primeras páginas de los diarios nacionales e internacionales durante días. Más de 100 años después es la mayor tragedia ferroviaria de La Rioja.

Tomado de la recreación que se hizo en la Revista “Vía Libre” con motivo de los 100 años del accidente.

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Un rincón de la Historia de La Rioja: Lo que pudo ser y no fue

Corría el mes de enero de 1822, en pleno trienio liberal, cuando se promovió una nueva administración del país, con provincias nuevas, igualdad, desaparicción de fueros,…

Esa fecha es muy importante para La Rioja porque es la primera vez que aparece diferenciada de Burgos y de Soria, aunque sea con la denominación de Logroño.

Pero no todo fue bonito y a la organización propuesta le “quitaron” parte del territorio hasta 5 provincias limítrofes: Álava, Navarra, Zaragoza, Soria y Burgos. ¿Qué se le va a hacer?. Que les vaya bonito.img005

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Puente de piedra de Logroño

No hay certeza absoluta, pero sí parece que ya en tiempo de los romanos había un puente de piedra en la localización actual. Aguas abajo comenzaba a ser navegable el río Ebro, desde la Vareia romana.
Parece ser que se trataba de un puente de seis arcos de medio punto, probablemente con dos torreones defensivos en los extremos.
En el Fuero de Logroño de 1095 se le nombra:
“Y si viniera algún hombre de más allá del río Ebro, que pidiera en juicio a algún poblador, que responda en su villa o en la cabeza del Puente de San Juan”.
Con las guerras y los años, en la Edad Media solo quedaban 2 de los seis arcos, llevándose a cabo varias reconstrucciones intentando conservar la forma de arcos con ligera ojiva originales romanos. Tenemos constancia de una de estas actuaciones en el s.XIV.
Unas fechas más tarde una gran avenida se llevó la mayor parte del antiguo puente y se llevó a cabo la edificación de uno nuevo, de 12 arcos y con tres torreones, uno central y otro a cada extremo, que perduró hasta el siglo XIX y que da origen al escudo de la ciudad.
En cuanto a los torreones, el primero, en la parte de Navarra, estaba en el estribo entre el tercer y cuarto ojo y era idéntico en construcción al tercero. El segundo, situado entre el séptimo y octavo ojo, permitía establecer una defensa de hasta 40 hombres desde tres ventanas o desde el adarve aspillerado superior.  El tercer torreón unía la muralla con el puente en el duodécimo ojo.
En 1775 una gran riada que duró entre el 19 y el 21 de junio cubrió todo el puente, provocando el derrumbamiento del primer torreón.
En 1835, durante la primera guerra civil carlista, se cortó uno de los arcos y se sustituyó por un puente levadizo. El segundo torreón albergaba en su interior el sistema de poleas que movían las cadenas del puente levadizo de madera.
En 1850 se terminaron por derruir el resto de torres en ruinas.
Diversas obras menores condujeron a la construcción actual, de Fermín Manso de Zúñiga, datada de 1884, tras el derrumbe del antiguo puente en 1871. Consta de 7 arcos entre pilares cilíndricos.
En 1917 fue ampliado con andenes de hormigón armado a ambos lados para su utilización peatonal, ampliando así el espacio para el tráfico rodado.

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Un rincón de la Historia de La Rioja: los vascones y La Rioja

Introducción

La relación de La Rioja con los vascones ha existido desde hace más de 1.000 años. Ha tenido períodos especialmente significativos, con influencia sobre distintas partes del territorio.

Imperio romano

En el s. II a.C. los vascones no ocupaban aún el margen derecho del río Ebro en la Rioja Baja. Su primitivo territorio se circunscribía a la zona septentrional y media de la actual Navarra, una zona marginal dentro de la Hispania Citerior, de escaso interés para los romanos; para luego ocupar, a principios del Imperio, los territorios correspondientes a otros pueblos como vardulos (zona entre Irún y Oyarzun), jacetanos (canal de Berdún y Jaca), suessetanos (región de las cinco villas en Aragón) y celtíberos (al sur del Ebro medio). 

 En la primera mitad del s.I a.C. tienen lugar las guerras sertorias (guerras civiles entre el nuevo poder de Roma y el anterior pretor de la Hispania Citerior, Quinto Sertorio, apoyado por tribus locales entre las que se contaban los celtíberos riojabajeños). Probablemente los vascones se mantuvieron al margen de esas guerras y al acabar el conflicto pudieron ampliar su zona de influencia. En lo referente a La Rioja se concreta en la ocupación de la zona de la Rioja baja: Calahorra y Alfaro incluidas.

Edad Media

Mientras los musulmanes dominan la zona desaparecen de La Rioja, refugiándose en los valles más próximos a los Pirineos. De igual manera muchos pobladores autóctonos, en especial de la Rioja alta, huyen hacia los bosques próximos o a territorios más al norte.

A medida que va avanzando la Reconquista hay que ir repoblando el territorio y se hace con antiguos pobladores y con nueva gente proveniente del norte y que muchas veces tenían el vascuence como lengua materna. De ahí las raíces vascas que aparecen en la toponimia de la zona.

En 1233 Fernando III el Santo da el fuero a los pobladores de la zona de Herramélluri, Galbárruli,… (valle del Ojacastro) para poder hablar vascuence cuando tuvieran que declarar ante los Merinos.

Edad Contemporánea

El devenir de los siglos previos supuso, ya desde finales de la Edad Media, una separación de La Rioja respecto a Navarra y áreas aledañas, con el consiguiente aumento de su dependencia de Castilla. Los ahora territorios vascos se van separando de Castilla y adquiriendo mayor autonomía.

Esta situación se mantiene hasta finales del s.XX. Con el retorno de la democracia y la creación del estado de las autonomías, La Rioja se separa de Castilla y los vascos disfrutan de su País Vasco.

En esa época los vascos retoman sus posesiones en La Rioja Alta: compran apartamentos, merenderos, que renombran txocos, terrenos, garajes,… en toda la zona, hermanándose con los riojanos actuales.

Pero esa ya es otra historia.

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Un rincón de la Historia de La Rioja: La Rioja existe pero no es

Hay una canción en La Rioja que define nuestra historia más reciente, en los últimos 200 años: “La Rioja existe pero no es”, de Carmen, Jesús e Iñaki, himno de la lucha por la Autonomía de La Rioja.

El origen se pierde en los tiempos, pero el referente histórico más cercano de provincianismo riojano lo encontramos en 1783, cuando «se reunieron cincuenta y dos pueblos de la Rioja a tratar de los medios de facilitar la extracción de sus cosechas de vino que cada día se aumentaban y mejorarlo».

En 1787, Carlos III dio su visto bueno a la agrupación de «los representantes de los pueblos de Rioja», siempre bajo la supervisión del intendente de Burgos y, finalmente, siendo ya rey Carlos IV, el Gobierno aceptó que la Real Sociedad Económica de la Rioja castellana pudiera quedar formada por «un comisionado de cada uno de los pueblos de su demarcación».

Las primeras Juntas Generales se constituyeron el 8 de mayo de 1790 en la villa de Fuenmayor, presidías por el Intendente de Burgos.

Pero al César lo que es del César. Fue en diciembre de 1808 cuando el Ayuntamiento afrancesado de Logroño formalizó la primera petición oficial para constituir la provincia. Faltan aún cuatro años para el pronunciamiento de Santa Coloma.

Pero si los primeros pasos del sentimiento regional tenían objetivo económico, fue la Guerra de la Independencia la que aglutinó el resto de los intereses comunes. Desde los inicios, las fricciones entre los mandos de las Intendencias de Burgos y Soria y las partidas guerrilleras de La Rioja fueron continuas, lo que derivó en un sentimiento de unidad territorial frente a una autoridad que se sentía como foránea. Surgió entonces la Real Junta de la Comisión de Armamento e Insurrección General de La Rioja, radicada en Soto, que incluía al «…país comprehendido desde el río Tirón hasta el Alhama con inclusión de la ciudad de Alfaro y todas las serranías cuyas aguas corren al Ebro». La Guerra de Independencia será determinante en estos anhelos. Se crea la “Real Junta de la Comisión de Armamento e Insurrección General de La Rioja”.

Dentro del ejército popular organizado por los españoles para combatir al invasor francés, hubo tres unidades integradas por combatientes riojanos: “Regimiento provincial de Logroño”, que a partir de julio de 1810 pasó a ser de línea y abandonando su carácter provincial, “Batallón de voluntarios de Rioja”, con 1289 efectivos y “Escuadrón de húsares de la Rioja”, que en enero de 1814 contaba con 484 hombres y 476 caballos.

La convención de Santa Coloma tuvo lugar en diciembre de 1812, en plena Guerra de la Independencia: un significativo grupo de alcaldes se reunió en la villa riojalteña para reivindicar los derechos comunes de una tierra con personalidad propia, pero, hasta entonces, sin estatuto jurídico ni político.

Ese mismo año las Cortes de Cádiz habían promulgado un documento titulado “Constitución Política de la Monarquía Española” en el que se especificaba en el artículo 11 que “Se hará una división más conveniente del territorio español por una ley constitucional, luego que las circunstancias políticas de la nación lo permita.

En octubre 1821 se declaró a La Rioja como provincia independiente bajo la denominación de “Provincia de Logroño” y por capital Logroño.

Cuando Fernando VII regresó a nuestro país, anuló por completo la obra de los constitucionales y, aunque posteriormente no tuvo más remedio que jurarla, nuevamente volvió a dejar sin efecto los actos del Gobierno Constitucional, por lo que quedó sin efecto el decreto de 1822, que dividía el territorio nacional en 52 provincias.

Deberían esperar hasta noviembre de 1833, el mismo año de la muerte de Fernando VII, inicio del reinado de Isabel II, bajo la regencia de su madre y comienzo de la primera guerra carlista. Su autor fue Javier de Burgos, ministro de Fomento. De ese modo, así surgió administrativamente en base a 121 pueblos de la provincia de Burgos y de 170 de la de Soria, desglosados de la siguiente forma: 6 ciudades, 178 villas, 6 lugares, 98 aldeas y 3 despoblados y caseríos.

Ya no sólo existíamos, ya éramos.

 

 

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Un rincón de la Historia de La Rioja: catedral de Calahorra

Surge del martirio de los legionarios romanos Emeterio y Celedonio decapitados según la tradición hacia el año 300 en el mismo lugar donde hoy está emplazado el templo. La veneración del martirio explica su emplazamiento, a extramuros de la ciudad, en su parte baja y a orillas del río Cidacos.

Cuando el emperador Constantino proclamó en el año 313 la libertad de culto en el imperio con el edicto de Milán, acabaron las persecuciones de quienes no compartían la veneración por las deidades romanas. La comunidad cristiana calagurritana pudo dejar de esconderse para celebrar sus reuniones y honró la memoria de sus Santos Mártires con la construcción, ya en la segunda mitad del siglo IV, de una pequeña basílica junto a la que, en el mismo lugar en el que los dos hermanos habían nacido a su nueva vida junto a Cristo, se levantó un baptisterio (Heron o martyrium).

Los archivos catedralicios confirman que en torno al 714 las tropas de infieles dirigidas por el emir Muza ibn-Nusayr ocuparon la Weled Assiqia (la Tierra de las Acequias) a la que pertenecía Calahorra, junto a la mayor parte de la actual Rioja Baja.

A lo largo del siglo VIII los cristianos fueron víctimas de los castigos y persecuciones a los que les sometieron los recién llegados. La opresión obligó a que, hacia finales de la centuria, el obispo Teodomiro hubiera de vivir en Oviedo, en el exilio. Desde allí, al amparo de la corte del rey, continuó la dirección de la diócesis en el siglo IX, durante el que otros dos de los obispos calagurritanos también recibieron allí asilo real.

La situación se recrudeció en Calahorra cuando, en el siglo X, Mutarrib al-Morrid mandó que se destruyese la catedral de la ciudad en un intento por doblegar y someter a sus pobladores. En el año 914, dada la difícil situación en la que se encontraban los cristianos de la capital de la Ribera, se decidió que Nájera, siempre atenta al modelo establecido por la diócesis de Calahorra, a la que nunca suplantó, se ocupase de velar por los creyentes de la región hasta que la sede principal volviese a manos cristianas.

La destrucción de este templo cuando la ciudad cayó en manos árabes no impidió que los calagurritanos mostrasen su respeto por los Santos. Continuaron transmitiendo la veneración que sentían por sus hazañas y milagros, generación tras generación, de tal forma que tan pronto como el rey de Navarra, Don García de Nájera, reconquistó la ciudad para la cristiandad en el año 1.045, se erigió nuevamente un templo, esta vez de estilo románico, en el mismo lugar donde tiempo atrás estuviera el baptisterio antes de ser destruido por los árabes.

El temor a que la ira de los infieles pudiese acabar por completo con las reliquias de los nobles hermanos animó a que, tan pronto como se sintió el acecho de los hombres del Islam, un grupo de calagurritanos partiese hacia el norte con las Cabezas de los Santos para ponerlas a salvo tras las montañas. Los peregrinos avanzaron hacia Cantabria. Los viajeros se detuvieron en Somorrostro (cuya estratégica situación frente al mar ya había propiciado con anterioridad la ocupación romana) y en la cima del cerro fundaron una abadía, que llegaría a transformarse en Catedral y, en torno a la cual, con el tiempo, comenzó a desarrollarse un núcleo de población que tomaría el nombre de uno de los Santos Mártires para darse a conocerse como Santander.

En el 1076 el Cid (con la bendición de los otros dos blasones de España, San Emeterio y San Celedonio) hizo posible que la ciudad se uniese a Castilla. Lejos del peligro árabe, la diócesis de Calahorra recuperó su antigua posición como cabeza de la comunidad de fieles entre los que predicar la fe en el Dios único y verdadero, que se conocía en la región desde que cientos de años antes su fundador Tubal predicase, al igual que lo hiciese en tierras cántabras y otros puntos de la Península Ibérica, las enseñanzas de la fe de su abuelo Noé. De nuevo erigida como sede espiritual, la diócesis de Calahorra vio aumentar sus proporciones al recibir la anexión de los territorios de la diócesis de Álava, que le correspondían según una extraña interpretación de la división visigoda de Wamba. Más adelante sus límites llegaron a extenderse hasta incluir parte de Burgos y Vizcaya y, en varios momentos de la historia, los ojos de la cristiandad la miraron con atención. Durante la Edad Media la influencia de la diócesis se dejó sentir en diversos puntos de España, por donde se propagó el culto y la devoción hacia los Mártires de Calahorra, como lo demuestran las iglesias, monasterios y altares erigidas bajo su advocación.

Algunos siglos después, la paz y la prosperidad de la ciudad proporcionó a sus habitantes los medios necesarios para comenzar la construcción de la que, con el tiempo, se convertiría en el magnífico edificio que admiramos hoy. Las obras comenzaron en el año 1484 y se prolongaron durante más de 200 años, de manera que sus capillas, retablos, así como el resto de los elementos del templo reflejan los desarrollos culturales y artísticos que tuvieron lugar en la región a lo largo de las obras, si bien no se ha conservado ningún resto románico.

El actual baptisterio ocupa la superficie en la que se erigió la primera iglesia de nuestra comunidad y, dentro de él, la grandiosa pila lobulada de estilo gótico (Pila de los Santos) se sitúa en el emplazamiento original en el que tuvo lugar el martirio.

La fachada principal es de estilo barroco, construida entre 1680 y 1704 por los hermanos Raon. El último cuerpo y el frontón en estilo neoclásico fue añadido por Antonio de Beriñaga en el 1772. A su derecha se encuentra la torre, más antigua que el edificio y de sección rectangular, consta de ocho cuerpos. Los cinco inferiores son medievales, los dos siguientes de sección decreciente son renacentistas y el último se edificó en el siglo XIX y es una torreta de ladrillo con cuatro pináculos en las esquinas.

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Un rincón de la Historia de La Rioja: El Portalón

No siempre estuvo el Ayuntamiento de Logroño en su actual ubicación, ni siquiera en la conocida casa de los Chapiteles. Durante más de 300 años estuvo en un edificio de la calle Portales conocido en su tramo final como El Portalón.

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En el siglo XVI la calle Portales era conocida como la Herventia y convergía en su extremo este en la puerta Nueva de la muralla, junto a la casa que levantaron los Jiménez de Enciso. Además, en la concurrida vía se enclavaban algunas de las construcciones de mayor relevancia, como la Iglesia de Santa María de la Redonda. Junto a su cabecera terminó por instalarse la institución civil más importante, el ayuntamiento, al menos desde la segunda mitad de la centuria.

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Fue a mediados del siglo XVI cuando el ayuntamiento de la ciudad trasladó sus dependencias  desde detrás de la cabecera de la Iglesia de Santiago el Real

Los documentos de uso frecuente fueron llevados al nuevo Ayuntamiento y en la iglesia de Santiago el Real sólo quedó depositado el denominado “Archivo Mayor”.

La primera referencia a una sesión del ayuntamiento celebrada aquí data de 1572.

Allí debieron de quedar custodiados durante la epidemia de peste que se declaró en la ciudad a mediados de 1599, que obligó al concejo a celebrar sus sesiones en la vecina localidad de Villamediana de Iregua, llevándose consigo únicamente el Libro del Ayuntamiento.

A pesar de las medidas que el concejo había tomado para evitar la continua extracción de documentos de los archivos, la situación no mejoró. En los Libros de Actas Municipales encontramos numerosos acuerdos ordenando la búsqueda de documentación municipal y su inmediata devolución.

La primera noticia que hay sobre el portalón como Ayuntamiento, son unas obras realizadas en 1592, durante las cuales se celebraron las reuniones municipales en el Palacio del Obispo y en algunas casas particulares. Las cosas de valor de la capilla, mazas de plata y otros objetos se custodiaron en la casa de artillería (Junto a la puerta del Camino).

En 1594, se hicieron reuniones en casas de particulares y ocasionalmente en el palacio del Obispo a causa de las reformas arquitectónicas que se llevaban a cabo en el edificio. Las referencias a estas obras en las actas municipales no permiten precisar cuál era la ubicación concreta del archivo dentro del edificio del ayuntamiento y por tanto en qué manera pudo verse afectado por las reformas.

En 1675 la fachada del Portalón sufrió ruina, así como el tejado y los cuartos correspondientes a la calle de Caballería, a donde se abría una de las puertas principales. Los trabajos de reparación, dirigidos por el maestro Juan Raón, se iniciaron en el mes de julio y desde entonces, y hasta finales de año, el concejo pasó a reunirse unas veces en la Sala Capitular de la iglesia de Palacio y otras en la casa y posada del corregidor Francisco Cabeza de Vaca. Las obras duraron hasta 1677.

Hemos de suponer que en 1720 hubo reformas en el archivo de la ciudad, pues en sesión del 30 de mayo el concejo acordaba que José de Soto hiciera “las escrituras de las obras” del archivo y del matadero. Estas obras, que se iniciaron en el mes de julio, estaban ya concluidas a comienzos de diciembre del mismo año.

En 1730 se restauró la fachada, colocando el balcón corrido del primer piso y decorando las demás dependencias.

Varias décadas después, en 1764, el concejo decidía colocar una barra de hierro en la ventana de la habitación del archivo del Ayuntamiento para guardar con la debida seguridad el dinero de la “gran masa”, que había depositado en él tres años antes. Esta obra no se llegaría a realizar, de modo que la única ventana de esta sala que daba a la calle Caballería permanecía siempre cerrada con el fin de evitar el extravío de documentos y otros enseres custodiados en el archivo. Según denunció el regidor Diego Moreda en noviembre de 1776, el lugar carecía de la más mínima ventilación y había en él un hedor que lo hacía inhabitable. Por ello, se encargó a los señores Domingo Castilla y José Morentín la colocación de una verja que de arriba a abajo cogiese toda la ventana, de forma que se pudiesen abrir y cerrar las puertas-ventanas para dar luz y ventilación a la sala siempre que se creyera conveniente.

En la sesión celebrada en 13 de Junio de 1786, se acuerda convertir en pasadizo público, el portal de la casa que ya se venía usando hace un tiempo, comunicando las calles de Caballerías y Juan Lobo con la actual Portales, en esa época calle del Mercado. El portero se encargaba de que no se detuvieran las caballerías en el portal.

La casa se va quedando pequeña, en 1839 se construye otro piso, cuyo coste es 126.527 reales.

Pero al crecer la ciudad necesita crecer también su ayuntamiento. En la sesión de 29 de Abril de 1845, D. Rafael Eulate (teniente alcalde) propuso se construyera una nueva casa consistorial en el Palacio del Obispo sito en la Plaza de la Constitución, actual Plaza del Mercado, para lo cual se emitieron 150 acciones de 2000 reales, pero el 14 de Junio al no haber reunido lo suficiente para llevar a cabo el proyecto, se desestimó la construcción.

Quizá fue la incomodidad de tener la documentación dividida en dos archivos lo que motivó que, el 1 de junio de 1861, el concejo volviera a plantearse la necesidad de reunir el archivo de la iglesia de Santiago y el de la Casa Consistorial, que se encontraba entonces en la secretaría municipal, trasladando toda la documentación al piso bajo del Portalón donde estaban las dependencias de la Comisaría de Vigilancia. Dos meses después, el concejo encargaba la formación del presupuesto de las obras de habilitación del piso para archivo a Antonio Villanueva, que presentó una propuesta de 8752 reales.

El 21 de diciembre de 1861 una reunión del concejo desvela las malas condiciones que reunía esa casa consistorial dado que era insuficiente para la corporación, la alcaldía, sus tenencias y las propias oficinas municipales, a lo cual se sumaba que era considerada como “poco decorosa”. El ayuntamiento adquiere la casa conocida por la Casa de los Chapiteles el 30 de Julio de 1862 para residencia episcopal, en el supuesto de que se trasladara la sede episcopal de Calahorra a Logroño, cosa que finalmente no sucedió.

En sesión de 11 de Noviembre de 1865, se nombra una comisión formada por los señores: Alcalde (D. Diego de Francia y Allende Salazar –Marques de San Nicolás) , el teniente 3º (Sr. Fontana) y los regidores (Lorza, Rivas, Rodrigáñez y Ruiz); para que estudien y pasen informe a la Corporación sobre la conveniencia de trasladarse a la casa de los Chapiteles.

A partir de la fecha se toma la decisión del cambio, utilizando la casa del Portalón para Juzgado Municipal, escuelas y el terror de los chicos, la llamada “la trena”, por el sitio donde los municipales llevaban a los autores de las pequeñas fechorías infantiles.

El 19 de Abril de 1915 se acuerda enajenarla, al haberse derribado dos casas contiguas y con intención de que no desapareciese el pasadizo, se llega al acuerdo de abrir una calle perpendicular a la del Mercado; de 8 metros de anchura dando comunicación a las ya citadas calles de Caballerías y Juan Lobo con la del Mercado.

 

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