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La casa de los unicornios azules

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Colmar, solo para enamorados

Colmar no es Estrasburgo.

No está lleno de burócratas con trajes caros y maletines con documentos. No tiene grandes edificios acristalados  que se reflejan en los canales. No es políglota.

Colmar es otra cosa. Es la estatua de la libertad, réplica de la de Nueva York, en recuerdo de la ciudad al escultor Auguste Bartholdi, creador de la original y originario de esta ciudad.

Colmar es atardeceres románticos, flores olorosas que desafían la gravedad por doquier.

Colmar es farolillos que casi no dan luz.

Colmar es restaurante pequeño en un rincón, casi oculto, con el encanto de los sabores de ayer, de la cocina de la abuela.

Colmar es paseo en barca mientras va anocheciendo, con el barquero contando viejas historias reales o quizás no, mientras dejas atrás una familia de patos.

Colmar es copita o copitas de vino Riesling, que ahuyenta la tristeza, suelta la lengua y aviva la pasión.

Colmar es… el paraíso para enamorados.

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10 hábitos saludables que te cambiarán la vida

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Ya han pasado 7 años

Steve Jobs

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Alsacia, región hermana

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Bernardville. Estética alsaciana

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Plácido desorden

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Ezcaray, de soportal a soportal y tiro porque me toca

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Napoleón emperador

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La frialdad del Louvre

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Soñando los sueños que mañana se harán realidad

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La Rioja en octubre: un millón de colores

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Al final siempre quedará el guardaviñas

Al final, cuando la tercera guerra mundial haya pasado, cuando casi no haya supervivientes sobre la faz de la tierra, cuando no quede casi vida inteligente ni estúpida, cuando la desolación creas que lo ha invadido absolutamente todo…

En ese momento te quedará tu guardaviñas.

Creo que al final he encontrado lo que mi profesor de filosofía de COU llamaba la “reserva espiritual de Europa”. No, no es la universidad, es mi guardaviñas.

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Tempranillo

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Mansardes partout

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Estilismo francés

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La creme de la creme

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La luz de París

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Arte en movimiento

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Sing, sing, sing

Esta canción tiene casi 100 años pero cuando la oyes… te enciende, te pone en marcha.

Escrita por Louis Prima en 1935, esta versión del grandioso Benny Goodman es simplemente…. sublime.

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